¿Qué es la vocación?
¿Qué es la vida monástica?


La vocación es un encuentro,
una experiencia de Dios
que provoca un cambio de vida y de pensar
una llamada
que nos invita a seguirle
y a consagrar TODA LA VIDA
al servicio de los demás,
por amor y de forma gratuita.

Un carisma en la Iglesia

En la Iglesia existen diversos Carismas. Hay quienes se dedican a la enseñanza, al cuidado de los enfermos, de los ancianos, de los marginados, a la evangelización directa, a las misiones…

La vida monástica contemplativa es un Carisma dentro y al servicio de la Iglesia. La monja contemplativa jerónima asume en su vida el misterio salvador de Cristo, y se consagra totalmente a El. Anuncia que su Reino está presente y “comparte los gozos y las esperanzas, las lágrimas y las angustias del hombre de hoy, haciéndolas suyas”. En una sociedad técnica y materialista le descubre su dimensión espiritual, proyectándole energía, desde su vida apartada, silenciosa y orante. Con su ausencia aparente, testifica ante el mundo que Dios vive, que su realidad invisible basta para llenar una existencia humana, en la que se condensa el fin esencial de la creación:

ALABAR, GLORIFICAR, DAR GRACIAS A DIOS


Ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo .
Ser luz y esperanza para el hombre de hoy.



LA DISTRIBUCIÓN DE NUESTRO TIEMPO (Horario Monástico):

5,50 h.
6,30 h.
7,15 h. - 8,00 h.
8,00 h.
8,45 h.
9,00 h.
9,30 h.
13,40 h.
14,00 h.

 Nos levantamos
 Oficio de lectura y Laudes
 Oración
 Eucaristía
 Tercia
 Desayuno
 Oficinas
 Sexta
 Comida

  15 h. - 16,15 h.
16,25 h.
17,15 h. - 18,15 h.
18,15 h. - 19 h.
19,00 h. - 19,15 h.
19,15 h.
19,45 h.
20,30 h.
21,30 h.
Celda
Nona - Rosario
Recreo
Lectio divina
Ensayo
Vísperas
Oración
Cena
Completas

ORACIÓN - LITURGIA:
La oración, trato íntimo y perseverante del alma con Dios, es o debe ser la respiración habitual de la vida jerónima que “busca a Dios en la soledad y ora sola con Jesús en el monte” (Ep. 58,4). Es la razón de ser de la soledad y el alma del silencio.
Nuestra vida es una liturgia viva, que se celebra en distintos momentos del día, uniendo su voz con Cristo y su santa Iglesia, para perfecta gloria de Dios y salvación del mundo.

Comienza el día con el canto de Laudes, oración personal y celebración de la Eucaristía, para terminar por la tarde con el canto de Vísperas en acción de gracias ofreciendo a Dios la jornada de trabajo en solidaridad con toda la humanidad. Las Completas ofrecen a Dios el sueño de la noche convirtiéndolo en “una humilde alabanza”.

Desde que alborea el sol hasta su ocaso “nuestra oración es su salterio”. Fuente de piedad y alimento de la oración personal, la Liturgia de las Horas está llamada a santificar el día, por lo que en su celebración se ha de observar el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica.

La vida de comunidad se ordena de manera que facilite una celebración provechosa de la liturgia, que enriquezca y ambiente la oración personal.




LECTIO DIVINA:
La Palabra de Dios, celosamente estudiada y traducida en palabras y en obras, es el fundamento de la espiritualidad jerónima, como objeto asiduo de su meditación.

“Cristo es la fuerza de Dios y la sabiduría de Dios –decía S. Jerónimo- de manera que, quien desconoce las Escrituras desconoce la fuerza de Dios y su Sabiduría: la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo” (Comm. in Is. Prolog.).



La Biblia, para Jerónimo, era algo más que un libro, o una colección de libros. Era un sagrario que contenía a Dios mismo y, por tanto un misterio o “un conjunto de misterios” (Ep. 58,9), un sacramento comparable al de la Eucaristía.

No se trataba de hacer una simple lectura, sino de orquestar en torno de la Palabra toda una tetralogía bíblica: biblia, liturgia, oración, santidad de vida, teniendo en cuenta que lo fundamental que lo ligaría todo, no sería el estudio sino el amor: “Ama las Sagradas Escrituras y te amará la Sabiduría” (Ep. 20).

La base de todo la ponía San Jerónimo en la lectio divina, de una manera constante, humilde, asidua. Una lectura fiel, amorosa, un rumiar “a modo de bueyes espirituales” –que decía gráficamente-. Pero no es fácil entrar en ella, comprender sus secretos. Se necesita un guía para conocerla (Ep. 53,6), pero sobre todo, del soplo del Espíritu Santo (Com. In Mich. 1,10s).

Es indispensable que en el horario monástico de cada día haya un lugar holgado para la lectura lenta, desinteresada, penetrada de oración, dedicada exclusivamente a la búsqueda de Dios, al diálogo con Dios, a estudiar el corazón de Dios.

SOLEDAD Y SILENCIO:
La vida contemplativa supone una llamada a la soledad; que crea el desierto bienhechor y fecundo para la búsqueda de Dios, el coloquio con Dios. El silencio es el clima propicio para que, en el seno de la soledad, y aun de la vida comunitaria, florezca la alabanza divina y se cultive y ahonde el trato íntimo con Dios, la atención habitual a su presencia, alma de la soledad. ¡El silencio lo encierra todo, aunque no sea la virtud reina; es como madre de las virtudes monásticas, es la atmósfera en la que ellas respiran y se fortalecen!



Si se desea la unión con Dios hay que evitar las conversaciones inútiles y ociosas -fuera de los tiempos de recreo- porque distraen al alma y arruinan su recogimiento. Un monje que no cuida esto -dice San Benito- no sólo se daña a sí mismo sino que disipa a los demás. Y, comentándolo, añade Dom Marmión, que en un medio, en una casa religiosa donde el silencio no se observa perfectamente, se puede asegurar que es porque falta intensidad a la vida interior.

La celda.
También podemos hablar de una clausura personal dentro de la comunitaria y es la que hace referencia a la celda. EL P. Sigüenza en la Historia de la Orden pone de manifiesto que ponían gran cuidado “en que el nuevo religioso se enseñase a guardar el recogimiento y clausura de la celda”, “que allí estuviesen bien ocupados; dos cosas bien importantes en la religión. Con la primera se enseñan a tratar con Dios, huyendo de los hombres, a levantar el alma a su Creador, saber entrar dentro de sí; con la segunda, se ejercita el hombre para que no se entorpezca con el ocio, se amaestre en las obras de virtud, cierre la puerta a la curiosidad vana, madre de no pequeños males”. En la celda se cultiva el silencio, la lección de libros santos y con ellos la meditación y la oración, la mortificación y la paciencia, en suma que se abre puerta al trato y a la unión con Dios, fin para el que hemos venido a una religión contemplativa. Y por eso el mismo Sigüenza llaman a la celda “oficina donde se labran los santos, paraíso del alma y cielo abreviado”.

TRABAJO:
Para San Jerónimo el trabajo era prolongación de la plegaria y escuela de santidad… La ley del monaquismo antiguo: ORA ET LABORA no ha perdido nada de su sabiduría y necesidad; quien se consagra a la vida contemplativa y la abraza sin reservas, acepta también la ley del trabajo (Pío XII, Aud. Inv. II,2). Un trabajo bien hecho, realizado con cariño, como expresión de servicio, más que de negocio. Según la breve definición de los antiguos Padres, la vida monástica “est labor”. Es decir, la oración, el oficio coral y las observancias comunes ocupan gran parte de nuestro tiempo y limitan el horario de trabajo propiamente dicho. Teniéndose bien claro que éste no debe anteponerse a nuestra vida espiritual, pero todas deberán sentirse obligadas a él, acudiendo con puntualidad, ejecutándolo sin excusas injustificadas, con verdadero sentido de responsabilidad.

El trabajo, acompañado por el silencio, no solo no estorba, antes bien, favorece la oración contemplativa, nuestra tarea esencial, y contribuye en gran manera al bienestar moral y material de nuestras comunidades y a que se pueda satisfacer el precepto de la caridad con los necesitados.




LA ALEGRE PENITENCIA:
Frente a la actual “sociedad de consumo”, la austeridad de la vida jerónima supone la renuncia a gustos y aficiones propias, comodidades y caprichos, lo cual contribuye de alguna manera a “completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo” (Col 1, 24) haciéndola presente y actuante en los hombres de hoy, en nuestro pobre y atormentado mundo, que a pesar de los fabulosos descubrimientos y adelantos no llega a conseguir la felicidad que tanto ansía.

La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la Cruz.

VIDA FRATERNA:
“La comunidad religiosa es un don del Espíritu, antes de ser una construcción humana.Efectivamente, la comunidad religiosa tiene su origen en el amor de Dios difundido en los corazones por medio del Espíritu, y por él se construye como una verdadera familia unida en el nombre del Señor.
Del don de la comunión proviene la tarea de la construcción de la fraternidad, es decir, de llegar a ser hermanos y hermanas en una determinada comunidad en la que hemos sido llamados a vivir juntos.

“Llevad los unos las cargas de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo. (Gal. 6,2).

En toda la dinámica comunitaria, Cristo, en su misterio pascual, sigue siendo el modelo de cómo se construye la unidad. El mandamiento del amor mutuo tiene, precisamente en Él, la fuente, el modelo y la medida, ya que debemos amarnos como Él nos ha amado. Y Él nos ha amado hasta dar la vida.

Para vivir como hermanos y hermanas, es necesario un verdadero camino de liberación interior. El amor de Cristo, derramado en nuestros corazones, nos impulsa a amar a los hermanos y hermanas hasta asumir sus debilidades, sus problemas, sus dificultades; en una palabra, hasta darnos a nosotros mismos.






Las comunidades reemprenden cada día el camino sostenidas por las enseñanzas de los apóstoles: «Amaos los unos a los otros con afecto fraterno, rivalizando en la estima recíproca» (Rm 12,10); «corregíos mutuamente» (Rm 15,14); «sobrellevaos los unos a los otros con amor» (Ef 4,2); «someteos los unos a los otros en el temor de Cristo» (Ef 5,21); «trataos los unos a los otros con humildad» (1 Pe 5,5); etc.

Para favorecer la comunión de espíritus y de corazones de quienes han sido llamados a vivir juntos en una comunidad, es útil llamar la atención sobre la necesidad de cultivar las cualidades requeridas en toda relación humana: educación, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor y espíritu de participación.

Y por último hay que decir que la paz y el gozo de estar juntos sigue siendo uno de los signos del Reino de Dios. La alegría de vivir, aun en medio de las dificultades del camino humano y espiritual y de las tristezas cotidianas, forma parte del Reino. Una fraternidad donde abunda la alegría es un verdadero don de lo Alto a los hermanos que saben pedirlo y que saben aceptarse y que se comprometen en la vida fraterna confiando en la acción del Espíritu. Se cumplen de este modo las palabras del salmo: «Ved qué delicia y qué hermosura es vivir los hermanos unidos…; ahí el Señor da la bendición y la vida para siempre» (Sal 133, 1-3).
(“La Vida fraterna en comunidad”, n. 8-28).

HOSPITALIDAD:
Nuestra vida fraterna se extiende más allá de nuestros muros y la forma más característica de nuestra caridad con el prójimo es la buena acogida y la hospitalidad, forma exquisita y eficaz de apostolado, «por la que algunos, sin saberlo, merecieron recibir ángeles» (Hebr 13, 2) y aun al mismo Cristo, a quien nuestros huéspedes representan: «porque fui peregrino y me hospedasteis» (Mt 25,35). Ejemplo nos dan nuestros Santos Padres que edificaron la primera hospedería en Tierra Santa, «no fuera que viniendo a Belén María y José se encontraran sin posada». Los huéspedes tienen que ser acogidos de manera que se de una perfecta armonía entre la hospitalidad y el clima de soledad y silencio propio de nuestra vida monástica.


FORMACIÓN:
La formación es un proceso vital a través del cual la persona se convierte al Verbo de Dios desde lo más profundo de su ser y, al mismo tiempo, aprende el arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo (VC 68). Si la vida consagrada es en sí misma «una progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo», parece evidente que tal camino deberá durar toda la vida, para comprometer toda la persona, corazón, mente y fuerzas, y hacerla semejante al Hijo que se dona al Padre por la humanidad. Por tanto la formación permanente es una exigencia intrínseca de la consagración religiosa.

“Lámpara para nuestros pasos y luz en el sendero” (Sal 118, 105) la Palabra de Dios, nos enfrentará con la persona de Cristo, con su anuncio, con su mensaje, con su alabanza.

Luz hecha vida, el estudio de la Liturgia ilustrado por su práctica diaria, y el indispensable cultivo de la música, irá formando paso a paso el templo sagrado de la vocación jerónima.

Será indispensable fundamentar la fe y las obras en claras nociones de teología dogmática y moral, abrir panoramas de oración con oportunas lecciones de ascética y mística. Estudiar los documentos del magisterio eclesiástico, especialmente los que atañen a la vida religiosa. Y estudiar el espíritu de la Orden, su historia y su misión con el fin de mejorar así la asimilación personal y comunitaria.




 

POSTULANTADO:
Es un cruce de fronteras. Hay que salir, como Abraham, de la propia tierra y familia, para ir a un mundo desconocido que se nos promete dentro de la clausura. Es todavía una prueba seglar que permite experimentar esta vida, sin compromiso alguno. Puede durar de seis meses a dos años.


NOVICIADO:
Superada la prueba del postulantado y, admitida la postulante al noviciado, comienza éste con el rito de iniciación a la vida religiosa. Es una etapa de conversión, un largo retiro, apartado del mundo, de limitado trato con familiares, encaminado a que la novicia aprenda las exigencias esenciales de la vida religiosa y para que se ejercite en la práctica de los consejos evangélicos. Tiempo fuerte de la vida religiosa que dura dos años.

JUNIORADO:
Es la etapa que comienza con la primera profesión y termina con la profesión solemne. Está exigido por la necesidad de una adecuada preparación y del perfeccionamiento de la formación que supera las posibilidades que ofrece el breve tiempo del noviciado, a fin de llegar al grado de madurez vocacional para aceptar de manera consciente y responsable el compromiso definitivo. Por la profesión monástica quedamos consagradas a Dios e incorporadas a la Orden de San Jerónimo. El período de los votos temporales dura tres años.

PROFESIÓN SOLEMNE:
La profesión solemne es una consagración total y perpetua a Dios, en la Iglesia, a través de la Orden.
La profesión solemne no significa un estancamiento, sino un nuevo punto de arranque, ya bien consolidado en la tierra, para la ascensión hacia Dios. Como preciosa ayuda de este perfeccionamiento, al que impulsan los votos y que se desarrolla en la práctica cotidiana de las exigencias de nuestra vocación, debe perseverar también a lo largo de toda la vida monástica la formación espiritual, doctrinal y técnica.